Reflexiones marketineras de un chico de primaria

El otro día iba caminando con mi hijo y pasamos justo por una calle que estaba completa de carteles publicitarios (era una obra grande en construcción). Mi hijo me mira y me dice: “Papá, los que hicieron estos carteles ¿de verdad creen que con estos carteles les voy a hacer caso? ¿Qué voy a comprar lo que me dicen?”

Hay un viejo dicho que a los chicos hay que siempre escucharlos porque en su inocencia siempre dicen la verdad.

Ante la declaración de mi hijo, podría haberle explicado teorías inteligentes, compartido ejemplos, detallado experiencias y justificado acciones. Pero me detuve: ¿No es mejor tratar de entender por qué dice lo que dice?

Porque en el fondo su comentario al pasar puede ser tomado a la ligera, pero esconde gran parte de los desafíos del mundo de hoy. Por un lado la gran cantidad de negocios que dependen sus ingresos de la atención de la gente (ya sea por exposición a publicidades o contenidos); y en el otro lado de ese mar de propuestas, está la cada vez más finita demanda por parte de la gente (combinación explosiva de poco tiempo e interés).  En el medio un resultado cada vez más difícil de alcanzar: el genuino interés captado por parte de cualquier audiencia target.

¿Tarea imposible? Para nada. Aún con escepticismo y  dificultades, hay espacios y oportunidades para conectarnos con las audiencias, dialogando en lugar de imponiendo, y logrando que nos elijan (una y muchas veces). Con la realidad cruda de lo cada vez más difícil que es, y con la receta de siempre para superarlo: mucho trabajo, profundo entendimiento, reflexión estratégica, y creatividad.

Con estas premisas, siempre hay chances, aún lidiando con preadolescentes díscolos y despiertos.

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