Apagonía

Hace unas semanas estaba viendo con mi familia una serie de Netflix que trata en tono de comedia las desavenencias de una familia moderna. En uno de los capítulos los padres de familia deciden desafiar a sus hijos a no usar la tecnología por una semana, a cambio de importantes premios. Al principio todo iba muy bien, pero el “experimento” duró poco y a las horas los chicos terminaron implorando volver a conectarse tecnológicamente (aún a cuentas de los premios perdidos).

En la misma línea, el “apagón” de ayer de Whatsapp me recordó a la serie. Así, de buenas a primeras, la gente se vio desolada y desconectada del mundo exterior. De pronto, sin avisar, sin contención, sin preparación previa. Desconectados, desenchufados, aislados del resto de los mortales, solos, en soledad.

Con dudas y esperando que pase pronto, se volvió tímidamente a otras formas de comunicación, las llamadas tradicionales. Hubo que llamar por teléfono, entrar en diálogos ida y vuelta por mail, y hasta me aventuro que alguno se levantó y fue a hablar personalmente con alguien de otro sector o piso.   “Ya va a pasar pronto”, dijeron algunos. Pero la agonía (la apagonía del título) se extendió. A gusto de muchos, demasiado.

Demasiada abstinencia para un mundo que vive pendiente de un celular. Demasiado silencio para la estridencia de los miles de mensajes que nos invaden por segundo. Demasiada espera para gente que ya no quiere esperar. Demasiada sensación de agonía para un universo no acostumbrado ahora a la ausencia y falta.

Pasando lista de las cosas que el COVID ha cambiado y mucho, no podemos dejar de lado la ultra dependencia que tenemos a estos servicios de mensajería instantánea como Whatsapp. Un apagón de horas lo dejó más que en evidencia, nada volverá a ser como antes: esta agonía está presente en la serie de Netflix y en nuestras vidas.

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