El abandono del hábito de pensar

Esta nota no es mía, es de Juan Cianciardo (decano de la facultad de Derecho de la Universidad Austral e investigador del Conicet) y fue publicada por el diario La Nación en junio del 2009.

Tal vez es un poco larga, pero es brillante y lúcida.  Me encantan algunos comentarios relacionados con la sociedad actual, donde se plantea como se prioriza la practicidad sobre la reflexión, la falta del hábito de “ponerse a pensar”, y como se están perdiendo las ganas de saber.  Como los medios de comunicación te dan todo servido, sin que haga falta reflexionar o investigar, con el riesgo enorme que eso significa si el mensaje original tiene un interés parcial detrás.

“Se necesita un profesor despistado, por Juan Cianciardo
Sin un diagnóstico sobre las causas de la crisis que el mundo (y el propio país) está atravesando, la posibilidad de dar con una terapéutica eficaz es un albur sujeto, como todos los azares, a designios misteriosos. La tarea de dar con una explicación corresponde, entre otros actores sociales, a la universidad y, más concretamente, a los teóricos.

Puede ayudar a ver que esto es así un pasaje escrito por Chesterton en un ensayo titulado Se busca un hombre poco práctico : “Ha prosperado en nuestro tiempo la más singular de las suposiciones: aquella según la cual, cuando las cosas van muy mal, necesitamos un hombre práctico. La verdad es que, al menos, necesitamos un teórico. Un hombre práctico significa un hombre acostumbrado a la simple práctica diaria, a la manera en que las cosas funcionan normalmente. Cuando las cosas no funcionan, has de tener al pensador, al hombre que posea cierta doctrina sobre por qué no funcionan (?). Si tu aeroplano tiene una ligera avería, un hombre mañoso puede arreglarlo. Pero si la avería es grave, es mucho más probable que nos veamos obligados a sacar a rastras de una facultad o laboratorio a un viejo profesor despistado, con el pelo blanco despeinado, para que analice el mal”. (sigue …)

Esto quizá tenga fuerza explicativa suficiente para entender por qué los discursos de los economistas prácticos y de los administradores de empresa no dejan de tener profundas contradicciones. Se trata de aproximaciones con un alcance real mucho más reducido del que pretenden, presas de un eficientismo y un efectismo con un sustrato de dudosa consistencia, en ocasiones asumida de modo irreflexivo.

Necesitamos, entonces, de teóricos que nos expliquen las causas de la crisis para, a partir de allí, buscar las soluciones. Pensadores de tendencias distintas han coincidido en que la crisis no es sólo económica. Alejandro Llano, filósofo español, sostuvo esto y agregó que tampoco estamos sólo ante una crisis moral. Nos encontramos, dijo, ante una crisis cultural. A un diagnóstico semejante ha llegado otro compatriota de Llano, Pedro Serna, para quien el origen de esa crisis cultural se encuentra en la ausencia de hombres que “se paren a pensar”.

El tiempo que nos toca transitar tiene enormes ventajas respecto de otros momentos de la historia y presenta, también, algunos problemas propios. Uno de los más acuciantes es el del deterioro profundo del afán por saber. Es una de las consecuencias (quizá la más evidente) de una educación que se ha concentrado más en la acumulación mecanicista de información que en la adquisición de hábitos intelectuales y morales, por un lado, y de un proceso progresivo de banalización de la dimensión lúdica de toda existencia humana, que ha acabado identificando el descanso con la evasión, por el otro. Ambos procesos fueron favorecidos por la revolución de las comunicaciones; en especial, aunque no únicamente, por el advenimiento de la televisión.

Las consecuencias de no “pararse a pensar” están a la vista de todos: el ciudadano medio recibe acríticamente lo que los tecnócratas del poder económico y político deciden sobre aspectos importantes de su vida, sin plantearse otro control sobre esas decisiones que la verificación “mediática” de que es ésa la opinión de “la gente”, opinión que es, a su vez, manipulada (de modos múltiples, también en el momento de auscultarla) por quienes son supuestamente controlados o guiados por ella.

Caer en la cuenta del deterioro al que me refiero es decisivo para la comprensión de una crisis económica que tiene, uniendo las ideas anteriores con las de Llano, un núcleo antropológico que “consiste en el olvido de que el origen de todo valor económico estriba en el trabajo”, con una precisión adicional clave: “El trabajo humano es, ante todo, conocimiento”.

La médula de la crisis estriba, por eso, volviendo a Serna, en el abandono del hábito de pensar. Agregaría a esto último, como factor igualmente determinante de la situación actual, un nuevo fenómeno contemporáneo: el abandono del otro. Dicho lo mismo, en un orden diferente: el abandono del hábito de pensar y el abandono del otro han hecho perder de vista lo que apunta Llano: que el origen de todo valor económico estriba en el trabajo. El resultado es una crisis cultural profunda, un empobrecimiento global. Es que lo más genuinamente humano, los aportes realmente originales que cada uno de nosotros puede añadir a la riqueza humana son sólo dos: contribuir con la generación y educación de un nuevo ser humano y producir conocimiento nuevo.

La sociedad occidental contemporánea ha dejado de lado una y otra cosa. Ni hijos ni ideas, casi siempre en aras del confort y de no comprometerse más que consigo mismo. La inevitable neurosis a la que conduce un planteamiento vital curvado sobre sí mismo es dilatada con dosis inútiles de Prozac, BlackBerry, fútbol codificado y PlayStation.

Si este doble diagnóstico tiene algo de cierto, una solución real y profunda de la crisis pasará, en alguno de sus tramos, inevitablemente, por la recuperación de la idea de compromiso, frecuentemente depreciada en nuestros días. Un compromiso que, bien visto, no es una represión sino una liberación (libera a quien lo asume de la tiranía del capricho vigente y lo enriquece al transformarlo en alguien consecuente y al vincularlo con los demás).

Un compromiso ético. Aunque no con la ética que consumimos habitualmente, caricatura de aquella que necesitamos: sólo por dar un ejemplo entre otros, empresas que han estafado a miles de personas fueron dirigidas hacia ese camino por bandidos que tenían asistencia perfecta y notas de honor en cursos corporativos de ética empresarial. La ética no es una materia universitaria ni un código o un comité: es un modo de vivir que brota de la persona (y por eso, de la cultura) y que protagoniza la persona.

 


Diego Regueiro

Director Ejecutivo
www.marketingyestrategia.com
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