Aceptar un jefe

jefe

En la vida dicen que los amigos se eligen pero la familia no. Bueno, a esta última hay que sumar al “jefe”.

¿Alguna vez les pasó que vinieran de la empresa y les dijeran: “estos son los tres posibles candidatos para ser su jefe. Elijan y me dicen. Ah, y si ninguno les convence, busco otro”?. Si les pasó, ya mismo me escriben y me lo cuentan. Difícil que pase.

El jefe viene dado. Es un dato, una realidad, una circunstancia, un “fact”. Es así, en cajita y en bandeja. Y como escribimos en el post anterior: seguramente, muy lejos de ser perfecto.

¿Qué hacer con el jefe que el destino nos colocó? Aceptarlo. No hay vuelta. Con lo bueno y lo malo. Sonreír a lo bueno y aguantar con los dientes apretados lo malo. Imposible querer cambiarlo, pero peor aún resistirlo. Está situación es de desigualdad; siempre un jefe es un desigual en la relación: él tiene más poder institucional, llegada y mayor sueldo. No queda otra que aceptarlo.

¿Qué quiere decir aceptarlo? Una mezcla de resignación e inteligencia, aceptar a un jefe es entender que mientras dure esta relación, vínculo, es lo que nos toca vivir y hay que tomar lo mejor de esta circunstancia. Si bien nada es para siempre, mientras dura es eterno: cuanto mejor lo asumamos más llevadero será todo. Obviamente que cuanto mejor jefe tengamos, la vida será seguramente más agradable. Pero, aún en este escenario casi ideal, igualmente siempre habrá algo que no nos guste o nos moleste del jefe.

En definitiva, paciencia, mucha agua para no deshidratarnos, y una sonrisa siempre a flor de piel.


Diego Regueiro

Director Ejecutivo
www.marketingyestrategia.com
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